El Huentle a los Airecitos

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Crónica de una petición de lluvia en Coatetelco


«Hijo, recuerda que hoy no debemos enojarnos, ¡ya que es un día grande para nosotros!»

— Dicho tradicional de las familias de Coatetelco


I. Donde moran los señores del viento

En el corazón de Morelos, donde los cerros guardan secretos milenarios y las lagunas reflejan el paso de las nubes, existe un pueblo que ha mantenido viva una conversación con lo invisible durante más de quinientos años. Coatetelco —cuyo nombre náhuatl significa «lugar de las serpientes en los montículos de piedra»— es uno de los asentamientos humanos más antiguos del estado, con vestigios que se remontan al año 500 antes de Cristo.

Aquí, cada 23 de junio, en las vísperas de la fiesta de San Juan Bautista, ocurre algo extraordinario: el pueblo entero se prepara para alimentar a los airecitos, esos pequeños seres invisibles que habitan en los cerros, las barrancas, las cuevas y las orillas de la laguna. Los ancianos los llaman pilanchichincles —palabra que en náhuatl significa «aires pequeñitos»— y los describen como niños juguetones, a veces negritos, a veces güeritos, que vienen y van entre este mundo y otro que no es el nuestro.

Estos seres son los mensajeros del viento, los ayudantes de EhécatlQuetzalcóatl, aquella serpiente emplumada que con su soplo divino puso en movimiento al Sol y a la Luna en el origen de los tiempos. Según la cosmogonía mesoamericana, Ehécatl limpiaba el camino para Tláloc, el dios de la lluvia, y sus pequeños ayudantes —los ehecatotontin en náhuatl clásico— eran quienes transportaban las plegarias de los hombres hasta los oídos de las divinidades.

En Coatetelco, esta creencia no es reliquia de museo: es práctica viva, fe que camina por los senderos del monte, que hierve en las ollas del mole verde, que arde en las velas de sebo y que viaja con el humo del copal hasta las cimas sagradas.


II. La laguna de la princesa que se hizo agua

Para entender el ritual del huentle, hay que conocer primero el corazón acuático de Coatetelco: su laguna. Los ancianos cuentan que estas aguas nacieron del sacrificio de una princesa llamada Cuauhtlitzin, sacerdotisa de Quetzalcóatl que un día fue raptada por guerreros enemigos rumbo a Xochicalco.

Dice la leyenda que cuando la princesa imploró ayuda a sus dioses, el cielo respondió con furia: una lluvia espesa la envolvió, los rayos fulminaron a sus captores, y las aguas inundaron los campos hasta que no quedó rastro del enemigo. Cuauhtlitzin se salvó, pero al ver a su pueblo ahogado entre las corrientes, lloró amargamente y arrojó su guirnalda de flores blancas de cazahuate sobre las aguas. Así nació la laguna, y con ella quedó sepultada la princesa, cuyo espíritu —dicen los pescadores— nunca abandonó el lugar.

Los lugareños la llaman La Tlanchana, la sirena o novia de los pescadores, y afirman que si ella se va, el lago se secará. Esto supuestamente ocurrió en el siglo XIX, cuando la Tlanchana abandonó Coatetelco indignada por el sufrimiento de los trabajadores de las haciendas, y se marchó a la laguna de Tequesquitengo. También sucedió en 1985, cuando las aguas mermaron misteriosamente.

Esta laguna no es solo fuente de pescado y sustento; es el útero generador de la vida, la vasija sagrada que junto con el Cerro del Teponasillo conforma el altepetl —«agua-montaña» en náhuatl—, símbolo fundamental de la cosmovisión nahua que representa el asentamiento humano, el paisaje sagrado, la comunidad misma.


III. Cuando el fuego despierta antes del alba

Todo comienza el 22 de junio, cuando voluntarios de la comunidad salen a recolectar hojas de carrizo. Esas hojas servirán para envolver los tamalitos nejos, minúsculas ofrendas de apenas centímetro y medio que alimentarán a los airecitos. La organización del ritual involucra a dos familias anfitrionas —una para la cuadrilla del norte, otra para la del sur— que asumen el compromiso con meses de anticipación. La comunidad entera contribuye con cooperaciones en especie o dinero.

En la madrugada del 23, mientras el resto del mundo duerme, las cocinas de Coatetelco ya humean. Las comideras —así llaman a las mujeres encargadas de preparar los alimentos rituales— muelen en metate las pepitas de calabaza previamente tostadas al comal. En algunas casas todavía se usa la «forma», un mortero tallado en tronco de mezquite ahuecado por generaciones de uso; en otras, la modernidad ha llegado con los molinos eléctricos.

El mole verde de pipián que se ofrece a los airecitos tiene una particularidad que lo distingue de cualquier otro: está semicrudo y no lleva sal. Hay un punto exacto en la cocción —cuando el color brilla en un verde intenso y el aroma inunda todo— en que debe retirarse del fuego. Pasarse significa que el color se opacará, y con él, quizás, la buena voluntad de los destinatarios invisibles. No lleva grasa, ni ajo, ni cebolla; solo caldo de pollo puro. El pollo se sirve aparte, bañado con el mole sagrado.

Mientras tanto, los hombres preparan el chopeli, una bebida ceremonial cuyo nombre significa «bebida de los dioses». Se elabora con jugo de limón, alcohol de caña y piloncillo —una especie de tepache que calienta el cuerpo y el espíritu para el largo camino que viene.

También tallan las banderitas o laguililis: varitas de ocote envueltas con estambres de los colores del arcoíris. Cada banderita representa a un hombre o a una mujer —las femeninas se distinguen por hilos más largos que simulan el cabello—. Se preparan veintidós, una para cada uno de los parajes sagrados que serán visitados.


IV. La ofrenda que viaja entre dos mundos

¿Qué contiene exactamente cada huentle u ofrenda? La palabra proviene del náhuatl huentli, que significa simplemente «ofrenda», pero lo que encierra es un universo condensado de significados.

Cada ofrenda se coloca sobre una hoja de totomoxtle —la hoja seca del maíz— y contiene: un pollito que debe tener pocos días de nacido, entre nueve y doce tamalitos nejos diminutos, mole de semilla de pipián servido en dos cazuelitas de barro completamente nuevas, y dos jarritos pequeños con tepache. Todo el barro debe ser nuevo, nunca usado; los airecitos, como buenos anfitriones del otro mundo, merecen vajilla que nadie haya tocado antes.

A esto se suman dos velas de sebo —no de parafina, sino de grasa animal, como las hacían los antiguos—, las banderitas de colores y el sahumerio con copal, cuyo humo aromático servirá para llamar a los airecitos y, a la vez, para proteger a los oferentes de los «malos aires» que pudieran rondar los cerros.

Todo debe estar listo para el mediodía. A las doce en punto, cuando el sol alcanza su cenit, los participantes salen de la casa anfitriona y se dividen en dos cuadrillas. El tiempo apremia: hay que visitar veintidós parajes sagrados antes de que caiga la noche.


V. Caminando el territorio sagrado

El recorrido no es arbitrario. Está diseñado bajo una lógica cosmogónica que conecta el territorio de Coatetelco con los cuatro puntos cardinales y con las montañas que definen el horizonte sagrado de la región: al norte, el mítico Tepozteco; al sur, el Cerro de las Campanas; al oriente, el imponente Popocatépetl; al poniente, el Nevado de Toluca.

Los participantes atraviesan cerros, barrancas, cuevas, las orillas de las dos lagunas y la zona arqueológica donde los tlahuicas levantaron templos a Ehécatl, el dios del viento. Cada paso es una oración; cada gota de sudor, una ofrenda más.

Uno de los sitios más emblemáticos es la cima del Cerro del Teponasillo, donde según la leyenda se refugió la princesa Cuauhtlitzin cuando huía de sus captores. En esta cumbre existe un antiguo respiradero volcánico, hoy extinto, que los antiguos consideraban una boca del inframundo, un portal donde el mundo de los vivos se comunica con el de los espíritus. Es ahí donde los airecitos tienen su morada principal.

El alcohol no solo es parte de la ofrenda: también es medicina para los caminantes. «El alcohol es para que uno aguante», explican los campesinos mientras comparten el tepache en los descansos. No se trata de embriagarse, sino de calentar el cuerpo, espantar el cansancio y mantener el espíritu elevado durante las horas de marcha.


VI. La conversación con lo invisible

En cada paraje, el guiador de la cuadrilla —generalmente un anciano respetado por su conocimiento de la tradición— se adelanta para comunicarse con los airecitos. Antiguamente, esta comunicación se realizaba en náhuatl, acompañada de un silbido especial que imitaba el sonido del viento entre las rocas. Hoy, aunque la lengua originaria se ha perdido en gran medida, el ritual persiste en español.

«Los aires son de otro espacio, son de otro mundo, no son del de nosotros», explican los campesinos. «Pero luego se revuelven con nosotros. Son como niños que traen la lluvia. Se les habla en mexicano. Ahora en castilla. Todo en castilla, ya no hay mexicano.»

Mientras el guiador coloca el huentle y eleva sus plegarias, los acompañantes mantienen encendidos sus cigarros. No es vicio ni distracción: el humo del tabaco tiene una función protectora, pues se cree que repele a los «malos aires» —aquellas entidades que en lugar de traer lluvia benéfica pueden causar enfermedad o desgracia—.

Las velas de sebo juegan un papel crucial en la adivinación. Los campesinos observan con atención la forma y el movimiento de las llamas: si arden firmes y altas, el temporal será bueno; si tiemblan o se apagan, habrá que extremar las precauciones; si chisporrotean de cierta manera, puede haber señales sobre sequías o tormentas destructivas. Es un lenguaje sutil que solo los más experimentados saben leer.

En cada punto se comparte el tepache entre los presentes, reforzando el vínculo no solo entre humanos y entidades espirituales, sino también entre los propios miembros de la comunidad. «Es un recorrido largo pero gratificante», dice un participante, «pues en el andar hay integración entre los acompañantes».


VII. El pacto de la reciprocidad

Más allá de la espectacularidad del recorrido y la riqueza de los alimentos rituales, el huentle a los airecitos encierra una filosofía profunda: la reciprocidad equilibrada. Los mesoamericanos no concebían su relación con lo divino como una súplica unilateral, sino como un intercambio justo entre mundos.

Los pescadores de la laguna lo expresan con claridad: «No hay que ser malagradecidos, la laguna nos da de comer, entonces nosotros también le damos de comer a ella». Del mismo modo, los campesinos alimentan a los airecitos para que estos, a su vez, intercedan ante Tláloc y sus tlaloques —los pequeños dioses que habitan en las nubes y derraman la lluvia desde vasijas celestiales— a favor de las milpas.

Esta lógica de dar para recibir, de alimentar para ser alimentado, de honrar para ser honrado, sostiene no solo el ritual de los airecitos sino todo el calendario festivo de Coatetelco: el huentle a San Juan Bautista al día siguiente, el huentle a los muertos en noviembre, el huentle a San Antonio para los enfermos. Cada ofrenda es un hilo más en la red de relaciones que mantiene unido al pueblo con sus ancestros, con su territorio y con las fuerzas invisibles que gobiernan el clima y la cosecha.

«La gente del pueblo abraza al mito», escriben los etnógrafos que han estudiado Coatetelco, «y por más que el ritual implique altos costos y mucho trabajo para la familia a la que le corresponde realizarlo, éste continúa vigente».


VIII. Cuando el cielo responde

Al caer la tarde del 23 de junio, las cuadrillas regresan exhaustas pero satisfechas a la casa anfitriona. Han caminado kilómetros bajo el sol, han subido cerros, han descendido a barrancas, han conversado con lo invisible en veintidós puntos del territorio sagrado. Ahora es momento de que los humanos también coman: el mole verde que quedó —esta vez con sal y bien cocido— se sirve generoso, acompañado de los tamales y el chocolate.

Y entonces, casi siempre, sucede lo que los escépticos llamarían coincidencia y los creyentes llamarían respuesta: al día siguiente, en la fiesta de San Juan Bautista, las nubes se congregan sobre los cerros de Coatetelco y la lluvia comienza a caer.

«Podríamos decir que los airecitos han escuchado a la gente de Coatetelco», afirma un habitante del pueblo, «pues desde el día 24 de junio no ha parado de llover». Las milpas reciben el agua que necesitan para que el maíz —ese grano sagrado que es carne de los hombres desde que Quetzalcóatl lo robó del Tonacatépetl— alcance su plena madurez en agosto.

Agosto, precisamente, es cuando el maíz está «jiloteando» y requiere abundante lluvia. Si en esos días el temporal mengua —cosa que ocurre con frecuencia—, los campesinos vuelven al Cerro del Teponasillo para reiterar sus peticiones. El diálogo con los airecitos no termina nunca; es una conversación que se renueva con cada ciclo agrícola, con cada generación que aprende de sus mayores el camino a los parajes sagrados.


Epílogo: Los hilos que no se rompen

Coatetelco se convirtió en municipio indígena autónomo el 1 de enero de 2019, tras una larga lucha por el reconocimiento de sus derechos ancestrales. Pero mucho antes de que existieran leyes y decretos, este pueblo de pescadores y campesinos ya ejercía su autonomía más profunda: la de mantener viva una cosmovisión que ninguna conquista logró erradicar.

Es cierto que las nuevas generaciones participan menos en el ritual, que el náhuatl se ha perdido casi por completo, que algunos prefieren buscar trabajo en Cuernavaca o en el norte antes que sembrar maíz de temporal. Pero cada 23 de junio, los tatas —los ancianos guiadores como don Amado Octaviano Lozada y don Pascual Macedonio García— siguen encabezando las cuadrillas, siguen encendiendo el copal, siguen hablando con los airecitos en nombre de todos.

«Me enorgullece ser originario de Coatetelco», dice un joven participante, «con muchas ganas de continuar con esta tradición».

Quizás esa sea la verdadera magia del huentle a los airecitos: no solo pedir lluvia, sino tejer comunidad. Cada tamalito envuelto, cada banderita tallada, cada paso por los cerros es un acto de resistencia silenciosa contra el olvido. Mientras haya alguien dispuesto a madrugar para moler pepitas de calabaza, alguien que sepa el punto exacto del mole verde, alguien que recuerde el camino al Teponasillo, los hilos que conectan a Coatetelco con sus dioses antiguos no se romperán.

Y los airecitos —esos niños invisibles que juegan entre las nubes y susurran al oído de Tláloc— seguirán escuchando.

El Huentle a los Airecitos
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Nota sobre las fuentes: Esta crónica se basa en investigaciones etnográficas realizadas en Coatetelco por Druzo Maldonado Jiménez, Xiadani Mateos, Cervantes y Gómez, así como en testimonios recopilados por periodistas locales y el sitio oficial del municipio. La información sobre la cosmogonía mesoamericana proviene de fuentes académicas del INAH y publicaciones especializadas en arqueología mexicana.

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Eduardo Llaguno

Eduardo ha trabajado por 24 años en muy diversas áreas de TIC con amplia experiencia en administración de proyectos, nuevas tecnologías y como emprendedor.

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