X’Kekén, el cenote de Dzitnup
El cenote que descubrió un puerquito.
Hay lugares de Yucatán que uno visita y recuerda. Y hay otros que, muchos años después, uno vuelve a cerrar los ojos y puede todavía sentir. El Cenote X’Kekén es uno de ellos.
En la pequeña comunidad de Dzitnup, perteneciente al municipio de Valladolid, Yucatán, se encuentra este cenote de caverna, conocido también como Cenote Dzitnup. Está a unos kilómetros de Valladolid, sobre la carretera Mérida-Valladolid, tomando la desviación hacia el poblado dl mismo nombre Al llegar, los cenotes X’Kekén y Samulá se encuentran prácticamente frente a frente.
Dzitnup es un pequeño pueblo cuyo nombre quedó ligado al turismo gracias a estas dos maravillas escondidas bajo la tierra. Pero quizá ninguna tenga una historia tan simpática como la de X’Kekén.
La leyenda del cenote más hermoso
Cuenta la leyenda que, a mediados del siglo pasado, un campesino de Dzitnup tenía un cerdito que acostumbraba internarse en el monte. Lo curioso era que el animal regresaba siempre cubierto de lodo, incluso durante la temporada de sequía.
Intrigado, el campesino decidió seguirlo. El puerquito lo condujo hasta una cueva. Al entrar, descubrió que aquello no era simplemente una caverna, sino un enorme depósito de agua escondido en las entrañas de la tierra.
La historia sitúa el descubrimiento alrededor de 1950 y de ahí nació el nombre con el que originalmente se conoció el cenote: X’Kekén, palabra maya que significa “cerdo”.
Así, un pequeño cerdo explorador terminó convirtiéndose, sin saberlo, en el descubridor de uno de los rincones más hermosos de Dzitnup.
Y quizá por eso la historia resulta tan entrañable: no fue un gran explorador quien encontró el cenote, fue un animalito que simplemente siguió su instinto.
Una puerta hacia el inframundo



X’Kekén es un cenote cerrado, formado en el interior de una gran caverna. El espejo de agua mide aproximadamente 30 metros de largo por 20 de ancho, y su profundidad alcanza hasta los 20 metros. Sobre él se levanta una enorme bóveda de roca, adornada con estalactitas y otras formaciones naturales.
Pero hay algo que hace particularmente especial a este cenote. En algún punto de la bóveda se abrió una entrada natural por donde se cuela la luz del sol. El rayo atraviesa la oscuridad de la caverna y cae sobre el agua, creando una escena difícil de explicar con palabras.
¡Es como si la tierra hubiera dejado una pequeña ventana abierta hacia el cielo!
La luz cambia el color del agua, ilumina las formaciones de piedra y transforma el interior de la caverna. Por momentos parece que el sol no entra al cenote, sino que baja deliberadamente hasta él. Cuando el sol está en el cenit, el efecto es espectacular, casi glorioso. Es en ese momento es cuando uno entiende por qué los antiguos mayas miraban los cenotes con ese misticismo sagrado.
Para los mayas, estos cuerpos de agua no eran solamente lugares donde obtener agua dulce. Eran espacios de enorme importancia espiritual y, en su cosmovisión, estaban relacionados con Xibalbá, el inframundo, y con la comunicación entre diferentes planos del mundo. Algunos cenotes fueron escenarios de rituales y ofrendas.
Conocer esto cambia tu perspectiva al entrar a X’Kekén.

Como en todo hay una primera vez
Conocí X’Kekén hace muchos años, cuando acceder al fondo del cenote requería la destreza infantil y el espíritu de aventura: mezcla de riesgo, incertidumbre y algo de miedo.
Descendía uno por las escaleras de piedra hasta llegar prácticamente a la orilla del agua, como si al final de la caverna apareciera una pequeña playa escondida bajo la tierra. El agua era transparente y los peces se acercaban hasta nosotros. Eran aquellos pequeños peces de cueva, los famosos peces ciegos o bagres que parecen formar parte de la vida secreta del cenote.
Con los años, el lugar se fue modernizando. Se instaló cableado eléctrico y se construyó una plataforma para facilitar el acceso al agua.
Pero hay algo que no ha cambiado: la sensación al llegar al interior de la cueva.
Porque en Yucatán puede hacer un calor intenso, entre la densa vegetación verde, el silbar de los pájaros y el sol cayendo sobre la piel entre las ramas de los árboles, el aire parece arder y uno busca desesperadamente el agua, adentrarse a la cueva para refrescarse.
Y entonces aparece la entrada de X’Kekén. Pasas del camino de tierra y hojarasca, a la escalinata de piedra y comienzas a bajar. Los escalones están húmedos y resbaladizos, te obligan a avanzar con cuidado, apoyándote en el barandal de madera. Poco a poco, el sol va quedando atrás. Y entonces sucede algo extraordinario.
Pasas de la luz intensa a la penumbra; del calor al fresco húmedo de la caverna. Tus ojos necesitan unos segundos para acostumbrarse a la oscuridad. El ruido del exterior desaparece y un silencio profundo comienza a envolverte.
Entonces escuchas el aleteo de los murciélagos que habitan la bóveda. Levantas la mirada y, por un instante, alcanzas a distinguirlos cruzando los haces de luz que caen desde la abertura del techo.
Es difícil no sentirse pequeño. Y también es difícil no sentirse privilegiado.
Después viene el agua. Entrar en ella es otra experiencia. El cuerpo pasa del calor extremo de Yucatán a la sensación fría del agua subterránea, agua dulce que recorre el subsuelo yucateco. Al principio sorprende; después, casi sin darte cuenta, te acostumbras…
Y entonces sucede algo más. Dejas de pensar. Solo flotas… La bóveda está sobre ti, el agua debajo, la luz entrando desde lo alto y el silencio alrededor.
Por unos momentos, X’Kekén deja de parecer un sitio turístico. Miras hacia arriba y las estalactitas te narran historias, con su belleza y majestuosidad; piensas en los años que tardaron las gotas de agua en formarlas.
Y en esa admiración, el sitio se convierte en un lugar de paz, casi místico.
Para gozarlo solo hay que entrar, bajar, observar con atención, escuchar, sentir el agua… Y dejar que la tierra y el agua, te cuenten, en silencio, una historia que comenzó mucho antes de nosotros.
La historia de X’Kekén comenzó, según cuenta la leyenda, con un pequeño puerquito que se internaba en el monte y regresaba cubierto de lodo.
Quizá nunca imaginó que, siguiendo simplemente su instinto, estaba descubriendo una de las maravillas escondidas de Yucatán.
Y quizá tampoco nosotros imaginamos, cuando somos niños, cuáles serán los lugares que años después volveremos a visitar con otros ojos.
X’Kekén permanece allí, bajo la tierra, guardando su agua, su silencio y su luz, esperando que alguien vuelva a bajar.
X’Kekén, the Cenote of Dzitnup
The Cenote Discovered by a Little Pig
There are places in Yucatán that we visit and remember. And then there are others that, many years later, we can still close our eyes and feel.
X’Kekén Cenote is one of them.
In the small community of Dzitnup, in the municipality of Valladolid, Yucatán, lies this cave cenote, also known as Dzitnup Cenote. It is located just a few kilometers from Valladolid, along the Mérida–Valladolid highway, with a turnoff toward Dzitnup. Once you reach the village, the X’Kekén and Samulá cenotes lie practically opposite one another.
Dzitnup is a small village whose name has become associated with tourism thanks to these two wonders hidden beneath the earth. But perhaps neither has a story quite as charming as that of X’Kekén.
The Legend of the Most Beautiful Cenote
According to legend, sometime around the middle of the last century, a farmer from Dzitnup owned a little pig that liked to wander into the surrounding countryside. What made the animal’s behavior so curious was that it always returned covered in mud, even during the dry season.
Intrigued, the farmer decided to follow it.
The little pig led him to a cave. Once inside, he discovered that it was not simply a cavern, but a vast pool of water hidden deep within the earth.
The story places the discovery around 1950, and it was from this tale that the cenote acquired the name by which it was originally known: X’Kekén, a Maya word meaning “pig.”
And so, a little pig with a taste for exploring ended up becoming, without ever knowing it, the discoverer of one of Dzitnup’s most beautiful hidden treasures.
Perhaps that is what makes the story so endearing: the cenote was not discovered by some great explorer, but by a small animal simply following its instincts.
A Gateway to the Underworld
X’Kekén is a closed cenote formed inside a large cavern. Its pool measures approximately 30 meters (98 feet) long and 20 meters (66 feet) wide, reaching depths of up to 20 meters (66 feet). Above it rises an enormous vaulted ceiling of rock, adorned with stalactites and other natural formations.
But there is something that makes this cenote particularly special.
At one point in the cavern’s ceiling, a natural opening allows sunlight to filter through. A beam of light pierces the darkness and falls upon the water, creating a scene that is difficult to put into words.
It is as though the earth had left a small window open to the sky.
The light changes the color of the water, illuminates the stone formations, and transforms the cavern’s interior. At times, it seems as if the sun does not simply enter the cenote, but deliberately descends into it. When the sun reaches its zenith, the effect is spectacular, almost glorious. It is in that moment that we begin to understand why the ancient Maya regarded cenotes with such sacred reverence.
For the Maya, these bodies of water were far more than sources of fresh water. They held immense spiritual significance and, within their worldview, were connected to Xibalba, the underworld, as well as to communication between different realms of existence. Some cenotes served as sites for rituals and offerings.
Knowing this changes the way you see X’Kekén when you enter it.
Everything Has a First Time
I first visited X’Kekén many years ago, when reaching the bottom of the cenote required a child’s agility and a spirit of adventure—a mixture of risk, uncertainty, and just a little fear.
You would make your way down the stone steps until you reached almost the water’s edge, as though a small beach had appeared at the far end of the cavern, hidden beneath the earth. The water was crystal clear, and fish would swim right up to us. They were those little cave fish, the famous blind fish, or catfish, that seem to belong to the cenote’s secret life.
Over the years, the site has been modernized. Electric lighting has been installed, and a platform has been built to make access to the water easier.
But one thing has not changed: the feeling that comes over you when you reach the inside of the cave.
In Yucatán, the heat can be intense. Amid the dense green vegetation, the calls of birds, and the sunlight falling on your skin through the branches, the air seems to burn. You find yourself longing for water, desperate to enter the cave and cool off.
And then, the entrance to X’Kekén appears.
You leave behind the dirt path covered in fallen leaves, reach the stone staircase, and begin to descend.
The steps are damp and slippery, forcing you to move carefully, holding on to the wooden handrail. Little by little, the sunlight is left behind.
And then something extraordinary happens.
You move from brilliant daylight into the half-light of the cavern, from the heat into its cool, damp air. Your eyes need a few seconds to adjust to the darkness. The sounds of the outside world fade away, and a profound silence begins to envelop you.
Then you hear the flutter of bats inhabiting the vaulted ceiling. You look up and, for a moment, catch sight of them crossing the shafts of light streaming through the opening overhead.
It is difficult not to feel small.
And just as difficult not to feel privileged.
Then comes the water.
Stepping into it is an experience in itself. Your body goes from Yucatán’s intense heat to the chill of underground water, fresh water flowing through the region’s subterranean world. At first, the cold takes you by surprise; then, almost without realizing it, you grow accustomed to it…
And then something else happens. You stop thinking. You simply float…
The vaulted ceiling stretches above you, the water cradles you, light filters down from overhead, and silence surrounds you.
For a few moments, X’Kekén no longer feels like a tourist attraction. You look up, and the stalactites seem to tell you stories through their beauty and grandeur. You think of the years it took for countless drops of water to shape them.
And in that moment of wonder, the place becomes a sanctuary of peace, almost mystical.
All you have to do to experience it is enter, descend, observe closely, listen, feel the water… and let the earth and the water tell you, in silence, a story that began long before we were here.
According to legend, the story of X’Kekén began with a little pig that wandered into the countryside and returned covered in mud.
Perhaps it never imagined that, by simply following its instincts, it was discovering one of Yucatán’s hidden wonders.
And perhaps we, too, as children, never imagine which places we will one day return to, years later, seeing them through different eyes.
X’Kekén remains there, beneath the earth, guarding its water, its silence, and its light, waiting for someone to descend once more.
X’Kekén, le cénote de Dzitnup
Le cénote découvert par un petit cochon
Il y a des endroits du Yucatán que l’on visite et dont on se souvient. Et puis il y en a d’autres où, des années plus tard, il suffit de fermer les yeux pour pouvoir encore les ressentir.
Le cénote X’Kekén est l’un d’eux.
Dans le petit village de Dzitnup, qui appartient à la municipalité de Valladolid, dans l’État du Yucatán, se trouve ce cénote de grotte, également connu sous le nom de cénote de Dzitnup. Il se situe à quelques kilomètres de Valladolid, le long de la route Mérida-Valladolid, en empruntant la bifurcation vers Dzitnup. Une fois arrivé au village, les cénotes X’Kekén et Samulá se font pratiquement face.
Dzitnup est un petit village dont le nom est devenu indissociable du tourisme grâce à ces deux merveilles cachées sous la terre. Mais aucune ne possède peut-être une histoire aussi charmante que celle de X’Kekén.
La légende du plus beau cénote
La légende raconte qu’au milieu du siècle dernier, un paysan de Dzitnup possédait un petit cochon qui avait l’habitude de s’aventurer dans la forêt. Ce qui était curieux, c’est que l’animal revenait toujours couvert de boue, même pendant la saison sèche.
Intrigué, le paysan décida de le suivre.
Le petit cochon le conduisit jusqu’à une grotte. En y pénétrant, il découvrit qu’il ne s’agissait pas simplement d’une caverne, mais d’une immense réserve d’eau cachée dans les entrailles de la terre.
Selon le récit, la découverte remonterait aux alentours de 1950. C’est ainsi que le cénote aurait reçu le nom sous lequel il était initialement connu : X’Kekén, un mot maya qui signifie « cochon ».
Ainsi, un petit cochon explorateur devint, sans le savoir, le découvreur de l’un des plus beaux recoins de Dzitnup.
Et c’est peut-être pour cela que cette histoire est si attachante : ce n’est pas un grand explorateur qui a découvert le cénote, mais un petit animal qui a simplement suivi son instinct.
Une porte vers l’inframonde
X’Kekén est un cénote fermé, formé à l’intérieur d’une vaste caverne. Son miroir d’eau mesure environ 30 mètres de long sur 20 mètres de large, et sa profondeur atteint jusqu’à 20 mètres. Au-dessus de lui s’élève une immense voûte rocheuse, ornée de stalactites et d’autres formations naturelles.
Mais quelque chose rend ce cénote particulièrement exceptionnel.
À un endroit de la voûte, une ouverture naturelle laisse filtrer la lumière du soleil. Un rayon traverse l’obscurité de la caverne et vient se poser sur l’eau, créant une scène difficile à décrire avec des mots.
C’est comme si la terre avait laissé une petite fenêtre ouverte sur le ciel.
La lumière modifie la couleur de l’eau, illumine les formations rocheuses et transforme l’intérieur de la caverne. Par moments, on dirait que le soleil ne se contente pas d’entrer dans le cénote, mais qu’il descend délibérément jusqu’à lui. Lorsque le soleil atteint son zénith, l’effet est spectaculaire, presque glorieux. C’est à cet instant que l’on comprend pourquoi les anciens Mayas contemplaient les cénotes avec une telle révérence sacrée.
Pour les Mayas, ces étendues d’eau n’étaient pas simplement des endroits où puiser de l’eau douce. Elles revêtaient une immense importance spirituelle et, dans leur cosmovision, étaient liées à Xibalba, l’inframonde, ainsi qu’à la communication entre les différents plans de l’univers. Certains cénotes furent le théâtre de rituels et d’offrandes.
Savoir cela change notre regard lorsque l’on pénètre dans X’Kekén.
Comme pour toute chose, il y a une première fois
J’ai découvert X’Kekén il y a de nombreuses années, à une époque où descendre jusqu’au fond du cénote exigeait l’agilité d’un enfant et un véritable esprit d’aventure : un mélange de risque, d’incertitude et d’un peu de peur.
On descendait les escaliers de pierre jusqu’à atteindre presque le bord de l’eau, comme si, au fond de la caverne, apparaissait une petite plage cachée sous la terre. L’eau était transparente et les poissons s’approchaient de nous. C’étaient ces petits poissons cavernicoles, les fameux poissons aveugles, ou poissons-chats, qui semblent faire partie de la vie secrète du cénote.
Au fil des années, le site s’est modernisé. Une installation électrique a été mise en place et une plateforme a été construite pour faciliter l’accès à l’eau.
Mais il y a une chose qui n’a pas changé : la sensation que l’on éprouve en arrivant à l’intérieur de la grotte.
Car au Yucatán, la chaleur peut être intense. Au milieu de la végétation dense et verdoyante, entre le chant des oiseaux et les rayons du soleil qui effleurent la peau à travers les branches des arbres, l’air semble brûler. On recherche désespérément de l’eau, on ressent le besoin de pénétrer dans la grotte pour se rafraîchir.
Et soudain apparaît l’entrée de X’Kekén.
On quitte le chemin de terre jonché de feuilles mortes, on atteint l’escalier de pierre et l’on commence à descendre.
Les marches sont humides et glissantes. Elles obligent à avancer avec prudence, en s’appuyant sur la rampe en bois. Peu à peu, le soleil reste derrière nous.
Et alors, quelque chose d’extraordinaire se produit.
On passe de la lumière intense à la pénombre, de la chaleur à la fraîcheur humide de la caverne. Les yeux ont besoin de quelques secondes pour s’habituer à l’obscurité. Les bruits du monde extérieur s’effacent et un silence profond commence à nous envelopper.
Puis on entend le battement des ailes des chauves-souris qui habitent la voûte. On lève les yeux et, l’espace d’un instant, on parvient à les distinguer traversant les faisceaux de lumière qui descendent de l’ouverture au plafond.
Il est difficile de ne pas se sentir tout petit.
Et tout aussi difficile de ne pas se sentir privilégié.
Puis vient l’eau.
Y entrer est une expérience à part entière. Le corps passe de la chaleur extrême du Yucatán à la fraîcheur de l’eau souterraine, cette eau douce qui circule dans les profondeurs du sol yucatèque. Au début, le froid surprend ; puis, presque sans s’en rendre compte, on s’y habitue…
Et alors, quelque chose d’autre se produit. On cesse de penser. On se contente de flotter…
La voûte est au-dessus de soi, l’eau en dessous, la lumière pénètre par le haut et le silence nous entoure.
Pendant quelques instants, X’Kekén cesse de ressembler à un site touristique. On lève les yeux et les stalactites semblent nous raconter des histoires par leur beauté et leur majesté. On pense aux années qu’il a fallu aux gouttes d’eau pour les façonner.
Et dans cette contemplation, le lieu devient un havre de paix, presque mystique.
Pour en profiter, il suffit d’y entrer, de descendre, d’observer attentivement, d’écouter, de sentir l’eau… Et de laisser la terre et l’eau nous raconter, en silence, une histoire qui a commencé bien avant nous.
L’histoire de X’Kekén a commencé, selon la légende, avec un petit cochon qui s’aventurait dans la forêt et revenait couvert de boue.
Peut-être n’a-t-il jamais imaginé qu’en suivant simplement son instinct, il était en train de découvrir l’une des merveilles cachées du Yucatán.
Et peut-être que nous non plus, lorsque nous sommes enfants, nous n’imaginons pas quels lieux nous retournerons visiter des années plus tard, avec un regard différent.
X’Kekén demeure là, sous la terre, gardant son eau, son silence et sa lumière, dans l’attente que quelqu’un redescende un jour.



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